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RECTORÍA

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Universidad en diálogo

Proponemos la vivencia de comunidades y la construcción colectiva, las cuales demandan un profundo diálogo y reconocimientos recíprocos entre la comunidad universitaria y de esta con el resto de la sociedad. Esto solo es posible llevarlo a cabo con la experiencia, acción, pensamiento y compromiso de todas las personas universitarias, cuya participación es relevante para resignificar y realizar las exigencias de la universidad necesaria para el siglo XXI.

La UNA debe ser espacio para el encuentro y el diálogo, hacia el exterior, con los diversos movimientos sociales, y en su interior, con todos los grupos sociales que la integran.

1. El diálogo y enriquecimiento recíproco universidad – sociedad, para la transformación social.

Las universidades públicas tienen un papel muy importante en la sociedad en la cual se hallan inmersas. No solo tienen la vocación de generar conocimiento, sino de exponerlo, transformarlo, compartirlo en aras de mejorar las condiciones de vida de las personas. La universidad no existe para sí misma y para su comunidad, sino que debe estar al servicio de la sociedad que la sustenta, particularmente de las personas y colectivos que han sido rezagados socialmente.

La acción que parte de la universidad hacia la sociedad no se completa, hasta tanto no se produzca la apetecida reacción dialógica desde la sociedad hacia la universidad, en una dinámica de mutuas transformaciones y enriquecimientos.

En su quehacer académico, la universidad dialoga y camina con la sociedad en su conjunto. La universidad se proyecta como un todo al generar una dinámica académica y cultural, potenciadora de la actividad profesional, científica, humanística, artística y deportiva, que va desde la universidad hacia la sociedad en la que está inserta y aún más allá; pero, por otro lado, se pretende una respuesta en sentido inverso, desde la sociedad hacia la universidad, que enriquezca el diálogo y constituya una real praxis sociocultural.

La UNA tiene personas extensionistas de tradición y de calidad, que han hecho de su labor constante en la sociedad un oficio. En este sentido, para la UNA mantener un abanico de programas de extensión se torna imprescindible y, de esta forma, asegura el reconocimiento de la diversidad de saberes generados por personas y grupos humanos que deben ser reconocidos y valorados por la comunidad académica universitaria y por la sociedad en general.

El diálogo universidad-sociedad tampoco está restringido al campo de las personas universitarias que hacen “extensión” o “acción social”.   La universidad recibe las demandas de la sociedad, explícitas e implícitas, por lo que la universidad debe aprender a leer los signos de esas demandas. Consecuentemente, las demandas que provienen de la sociedad no son solamente, y quizás ni siquiera prioritariamente, aquellas que se formalizan mediante requerimientos institucionales. Las demandas más importantes de las que debe hacerse eco la universidad son aquellas que provienen de los sectores más vulnerables de la sociedad y que con frecuencia no son formalizadas. La UNA debe continuar desarrollando una sensibilidad especial para escucharlas, entenderlas y atenderlas, a la vez de que el diálogo debe ser permanente, proactivo, creativo y crítico.

La UNA ha logrado acumular y desarrollar una capacidad instalada grande que debe responder de forma adecuada y oportuna a esa sociedad, mediante la generación de una política de incidencia que ponga un énfasis en la importancia de producir y evaluar el impacto social de su quehacer y lo oriente en función de la transformación social.
Finalmente, nuestra Universidad dialoga con la sociedad usando lenguajes que le permitan establecer una comunicación transparente y significativa, sin superioridad, es decir con humildad, pero desde su experiencia académica, es decir, con el lenguaje de las ciencias, las artes, las humanidades y el deporte.

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